Lucidez para emprendedores

El coste de no saber que no sabes

Cada mañana, el físico Murray Gell-Mann seguía el mismo ritual.

Tomaba el periódico, lo abría y se dirigía directamente a la sección de ciencia.

Y casi siempre ocurría lo mismo.

Encontraba errores.

Conceptos mal explicados. Datos simplificados hasta el absurdo. Conclusiones que no se sostenían.

Como experto en la materia, los detectaba de inmediato.

Le resultaba desconcertante que artículos con fallos tan evidentes llegaran a publicarse.

Después pasaba la página.

Política internacional. Economía. Cultura. Geopolítica.

Y, sin darse cuenta, le ocurría algo curioso.

Leía esos artículos con confianza.

Asumía que estaban bien documentados. Que los periodistas habían hecho su trabajo. Que el contenido era fiable.

Hasta que un día se planteó una pregunta incómoda.

Si los mismos periodistas se equivocaban constantemente en el único tema que él dominaba, ¿por qué iba a asumir que eran más rigurosos en todos los demás?

Aquella observación dio lugar a una idea que hoy se conoce como la asimetría de Gell-Mann.

Un fenómeno tan común que rara vez lo percibimos.

Somos extremadamente buenos detectando errores en aquello que conocemos.

Pero sorprendentemente crédulos cuando nos movemos fuera de nuestro territorio.

En nuestra especialidad vemos matices.

Fuera de ella vemos titulares.

Y esa diferencia tiene consecuencias.

Piensa en cualquier emprendedor.

En su propio negocio suele detectar problemas que nadie más ve.

Reconoce cuándo una estrategia está mal planteada, cuándo una propuesta es superficial o cuándo una cifra carece de sentido.

La experiencia afina la mirada.

Sin embargo, cuando entra en un terreno desconocido, esa capacidad crítica suele desaparecer.

De repente aparecen expertos, informes, metodologías y palabras sofisticadas.

Y resulta difícil distinguir la profundidad real del simple envoltorio.

No porque falte inteligencia.

Porque falta contexto.

La asimetría se aprovecha precisamente de ese vacío.

Nos vuelve escépticos donde somos fuertes y confiados donde somos vulnerables.

Aparece cuando evaluamos tecnologías que no comprendemos del todo.

Cuando confiamos en credenciales sin analizar resultados.

Cuando aceptamos predicciones financieras que jamás toleraríamos en nuestro propio sector.

Cuando atribuimos capacidades extraordinarias a competidores, socios o consultores simplemente porque operan en ámbitos que desconocemos.

El problema no es ignorar algo.

Eso es inevitable.

El problema es olvidar que lo ignoramos.

Por eso las mejores decisiones suelen comenzar con una frase sencilla:

«No lo sé.»

No como una muestra de inseguridad.

Sino como una demostración de lucidez.

Quien reconoce los límites de su conocimiento busca más información.

Contrasta fuentes.

Escucha opiniones contradictorias.

Dedica a las decisiones importantes el mismo nivel de análisis que exigiría en su propio campo.

Y, sobre todo, desconfía de la falsa sensación de comprensión que producen las explicaciones elegantes.

La próxima vez que debas tomar una decisión fuera de tu especialidad, hazte una pregunta.

Si este asunto perteneciera al área que mejor conoces, ¿considerarías suficiente el análisis que has realizado?

La respuesta puede resultar incómoda.

Pero también puede evitar errores costosos.

Porque en los negocios, como en la vida, muchas veces el mayor riesgo no está en lo que desconocemos.

Está en creer que entendemos algo cuando en realidad apenas lo hemos examinado.